
Su ascendencia india y su facilidad para el cálculo mental decidieron por él. A imagen y semejanza de los grandes maestros de su país, el pequeño Hevad sería ajedrecista. Su inteligencia, su capacidad innata, su desparpajo ante el tablero lo convirtieron pronto en un niño campeón en Poughkeepsie, una ciudad cercana a Nueva York. Se publicaron artículos en periódicos locales sobre sus victorias. Pero poco a poco, conforme se fue dando cuenta que ganar torneos de ajedrez no daba dinero, fue cambiando sus preferencias. Tenía 22 años.
Si el ajedrez no daba un duro, ni siquiera para los grandes maestros, ¿con qué actividad se podría ganar millones de dólares y fama mundial aplicando esas mismas reglas de lógica y probabilidad? Hevad ya había jugado al póker en la universidad y no se le había dado nada mal, así que elegir fue sencillo. Comenzó por Internet. Todas las noches, Hevad abría una cuenta y jugaba hasta el amanecer. Al principio, pocas cantidades. Luego fue subiendo. Llegó a ganar cientos de miles de dólares en pocos días.
Uno de los casinos online en los que jugaba, afincado en las Islas Caimán, revisó una a una sus partidas, sus apuestas, cada uno de sus movimientos. Los estaba arruinando. Sus especialistas descubrieron que alguien jugaba al otro lado de la pantalla hasta 43 partidas a la vez, y que ese alguien aplicaba la lógica a la perfección, sin errores, a una velocidad endiablada. Los del casino pensaron: “Han inventado un programa informático que aplica reglas matemáticas. Nos están desplumando con un puto robot”.
Los de las Caiman, sintiéndose timados, cerraron esa cuenta y confiscaron el dinero. Hevad reaccionó con calma. Decidió buscar el teléfono para clientes, marcarlo y hablar con los responsables. Se identificó:
- Soy Hevad Khan, un cliente al que habéis quitado todo lo que había ganado los últimos 10 días.
- Señor Khan, la cuenta se ha cerrado porque es delito usar programas informáticos para jugar al póker en nuestro casino. Lo dicen las reglas que usted se compromete a respetar.
- Eso es una acusación grave y sin sentido. Puedo probar que el que juega soy yo sin ayuda de nadie.
- Es imposible. Nadie puede jugar tan rápido 64 partidas seguidas sin error. Es imposible.
- Entonces yo le propongo que esta noche me habiliten la cuenta. Voy a entrar a jugar 43 partidas simultáneas de ‘sit and go’ en la modalidad Texas hold ’em. Voy a grabarme jugando ante el ordenador. Luego les voy a enviar el vídeo para que verifiquen que cada uno de los movimientos que yo hago coincide con los que ven ustedes allí. Si lo hago, si pruebo que no soy un robot, les exijo que me devuelvan el dinero.
Dicho y hecho. Este es el vídeo.
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