miércoles, 20 de abril de 2011

El chocolate se fundió en la NBA

Por David Burress
¿Se imaginan un tipo blanco de 1,85, entre dos negracos de 2 metros x 2 metros como Lebron? Pensarán: ése es el malo. Pues no. Esto no es “Los blancos no la saben meter”. Con Jason Williams cambió la película de los jugadores de raza blanca en la NBA. Muestra de ello es el apodo que recibió Sergio Rodríguez al llegar a la NBA: "Spanish White Chocolate”, seguramente el jugador más parecido a Williams de la liga norteamericana. Fue tan grande el impacto del base de Charleston que se convirtió en uno de los 5 jugadores que más camisetas vendía de toda la NBA.

Ayer se retiró Chocolate blanco Williams. Un día triste para los que amamos la imaginación en una cancha. Un Guti del baloncesto elevado a la máxima potencia en el que cada pase tenía que ser el pase del siglo y la defensa, un arte menor para los que se ganan el pan con el sudor de su frente. Williams no sudaba mucho. Nosotros sí cuando nos levantábamos del sofá a las 5 de la mañana.

“Chocolate blanco” probablemente sea el mejor apodo de la NBA. ¿Un blanco ennegrecido? No ¿Un jugador de padre blanco y madre negra o viceversa? No. Un blanco jugando en la NBA como si de un “playground” se tratase, protagonizando todos los TOP semanales e inventando maravillas como el pase con el codo que realizó en el partido de Rookies a Raef Lafrentz en el All Star Game del 2000. Genio y figura hasta la sepultura, declaró en rueda de prensa que hizo ese pase para que no le pidieran más en la vida que lo repitiese.

Magia y marihuana

Tradicionalmente, los jugadores blancos son reconocidos por no llevar tatuajes. Ahí Jason Williams también trasuda black soul… En uno, en sus nudillos, pone "White boy". Y no se quedaba en los dibujos corporales. “White Chocolate” se saltó las normas desde el Instituto por su afición a la marihuana. Casualmente en el equipo de Futbol Americano de su high-school fue compañero de Randy Moss, receptor estrella en la NFL y actualmente en los Titans. Ambos han seguido trayectorias similares: admirados por su talento, conocidos por sus fechorías.

En la Universidad de Florida, promediaba 17,1 puntos y 6,7 asistencias cuando fue apartado del equipo toda la temporada por consumo de drogas unos meses antes de finalizar la “regular season”. O sea, que venía de tres suspensiones previas. Aún así se presentó al draft y fue elegido en 7º lugar por los Sacramento Kings antes que Nowitzki (9º) o Paul Pierce (10º). Aquí llevó al culmen el famoso “passing game” de Rick Adelman, por cierto despedido esta semana de Houston y ¿futuro entrenador de los Lakers?

El 20 de Julio Williams fue suspendido los 5 primeros partidos por no cumplir con el programa anti-drogas de la liga al que estaba obligado. Desde los Kings fue traspasado a los Grizzlies donde jugó con Pau Gasol hasta que fue enviado en el verano de 2005 a Miami, equipo con el que consiguió su único anillo de campeón en 2006 junto a Wade y Shaq.

El 7 de Agosto firma por los Clippers y el 26 de Septiembre, sin debutar anuncia su retirada para, el 20 de Febrero de 2009, enviar una carta a la NBA pidiendo regresar. Orlando le ficha en el verano de 2009, le renuevan y es despedido esta temporada en enero. Y ficha por los Grizzlies… que lo cortan para estos playoffs. Y colorín colorado…

Eso sí, nos deja esta temporada una sanción por agarrar del brazo a un árbitro y una expulsión por doble técnica jugando con los Magic, que ganaban de 30 a falta de 3 minutos. Ahí terminó de fundirse el chocolate blanco.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El baloncesto según 'The Wire'

Por Nunn

“Cuando camines por el jardín / vigila tu espalda”


Cuesta pensar en una serie más descarnadamente apegada a la realidad que ‘The Wire’. La capacidad de mostrar el submundo del narcotráfico desde todos los prismas posibles, desde las manos más ensuciadas a los cuellos de camisa más blancos alrededor de un mismo negocio, la convierten en una obra maestra que combina una ficción brillante con una estética a veces tan documental que acongoja al más pintado. Una de esas producciones que marcan una frontera en la historia de la tele.

Los seguidores de la serie no habrán dejado escapar la huella del baloncesto en sus capítulos. Recuerden aquel camello al que descubrieron que estaba robando por la camiseta de Wes Unseld de los Baltimore Bullets que no se podía permitir sin mangar. O la primera vez que vimos a Proposition Joe, en ese All Star entre el Este y el Oeste en el que él y Avon Barksdale reclutaban a los mejores chavales del barrio. O cómo la madre de Namond agasaja a su hijo gastándose la pasta que recibe del encarcelado Wee Bay con la camiseta de Artis Gilmore de los Chicago Bulls. Tampoco es casualidad que lo único que los niños de la clase de Bunny Colvin conocen de Philadelphia es Allen Iverson, que Mike trata de que Bug escape de la realidad ojeando una revista 'Slam' y hablándole de Elton Brand o que a Clay Davis le agarren por el dinero que desviaba de una ONG de baloncesto

Ese microuniverso en el que el futuro es mirar por encima del hombro para esquivar la siguiente bala tiene como bandera el baloncesto. América tiene cuatro grandes deportes ‘nacionales’, pero el asfalto es reino del basket. Y para Baltimore, epicentro de esa realidad televisada por ‘The Wire’, es una religión con muchos profetas.

“Él tiene el fuego y la furia / a su mando / Pero no debes preocuparte / si agarras a Jesús de la mano”

La salvación para un puñado de chavales que huyeron de una vida esclava, en cualquiera de los dos lados del juego ¬como un Bubbles o un Dee Barksdale¬, llegó por el baloncesto. Tanto que Baltimore se ha convertido en un prodigio en la historia del juego.

Hasta 27 jugadores nacidos en la ciudad (50 si tenemos en cuenta todo el Estado de Maryland), una urbe de menos de tres millones de habitantes abandonada completamente por el baloncesto profesional (ni una sola franquicia de ninguna liga se establece en B-More desde 1973), llegaron a jugar en la NBA. Una cifra alucinante para una ciudad mediana con las infraestructuras bajo mínimos y cuyo mayor valor baloncestístico es la Baltimore Catholic League, una potente competición de high schools. Nombres legendarios como Sam Cassell o Tyrone Bogues crecieron (poco, en el caso de Bogues) en el asfalto baltimoriano. Rudy Gay es hoy el máximo exponente NBA de un nativo ‘pata negra’, club selecto en el que militan Joey Dorsey y DaJuan Summers.

Algunos nombres, incluso, llegaron a la ACB. En Vitoria, Zaragoza o Fuenlabrada se acordarán de Ken ‘Animal’ Bannister, en Málaga añoran a Juan Dixon, por Barcelona pasó Gary Neal, en Sevilla y Valladolid tuvieron a Devin Gray y en Granada disfrutaron de los kilos de calidad de Corsley Edwards.

Pero, por encima de todos ellos, uno que nació en Nueva York pero creció desde los ocho en ‘La Farmacia’, el barrio en el que se basan las desventuras de camellos de poca monta a la sombra de Las Torres de ‘The Wire’: Carmelo Anthony. Melo pudo ser un niño como Mike, un adolescente como Bodie o un adulto como Avon Barksdale. Creció en el cogollo de esa sociedad enferma impermeable a la empatía, adicta a la violencia y carente de escrúpulos que se representa en la mítica serie. “Hemos visto todo lo que imagines, desde drogas a asesinatos, en las partes más duras de la ciudad”, declaró Kenny Minor, un amigo de la infancia, al ‘Rocky Mountain News’, el tristemente desaparecido periódico de Denver.

Melo vive de septiembre a mayo en un mundo absolutamente opuesto al que creció. Sin embargo, el sello B-More, y el del gueto en general, parece tatuado tan a fuego en los jugadores de la NBA que muchos aparentan no saber vivir fuera de sus códigos ni despegarse de sus miserias. Son ricos y famosos, pero hijos y consecuencia de donde nacieron. Anthony es como esos traficantes de ‘The Wire’ a los que, cuando alguien les aconseja que se marchen, dicen que no conocen otra cosa, que no sabrían vivir fuera de allí, y acaban por ser asesinados. Sólo que lo disimula de septiembre a mayo.

“Si caminas con Jesús / salvará tu alma / Pero debes mantener al diablo / enterrado en un hoyo profundo”

Imaginen ahora que Marlo Stanfield se pasara al 2.0 o que Stringer Bell se aliara con Spike Lee para promocionar su negocio. Como la ficción es una filfa al lado de la realidad, en 2004 los narcos de Baltimore editaron un DVD bajo el nombre de ‘Stop Snitchin’ (los fans de ‘The Wire’ en V.O. hemos aprendido que la palabra ‘snitch’ significa ‘chivarse’), en el que los más malos del lugar amenazaban a cámara a sus conciudadanos para que dejaran de chivarse a la policía. Editaron incluso camisetas con el lema y dianas con agujeros de bala que vestían en sus esquinas, y en una actividad algo menos creativa pero más contundente acribillaron a una mujer y sus cinco hijos por ser sospechosa de delación.

Bien, en ese DVD aparece Carmelo Anthony. Vestido con el ‘uniforme gangsta’ en color rojo, ante una fachada derruida de ‘La Farmacia’, se ríe a carcajadas mientras un traficante amigo de la infancia insta a sus vecinos a no chivarse: “¿Qué os molesta esa gente? ¿No sabéis que tienen hijos que alimentar?”, dice, ante la risa incontenible del jugador. Melo dijo que era una grabación privada que se utilizó sin su consentimiento, lo que no parecía una justificación demasiado edificante.



Además, una especie de maldición ‘wireana’ persigue a los miembros de la National Baltimore Association: Bannister fue alcohólico como Bunk o Jimmy McNulty, a Juan Dixon le retiró una sustancia por la que dio positivo que seguro que no compró en una esquina, Reggie Lewis también murió joven, aunque en su caso por muerte natural y no por cruzarse en el camino de Omar, y David Wingate fue acusado de dos violaciones al comienzo de su carrera, aunque salió limpio.

Todos ellos tuvieron la suerte de agarrar de la mano al Jesús del baloncesto. Se ganaron la vida y siguen vivos. Mientras, el drama de Baltimore sigue impulsando a sus chicos al asfalto, abandonados por sus familias y su país. Las más veces para seguir el negocio que florece a su alrededor, e insensibilizar su alma a la violencia y la injusticia bajo la letanía de que “the game is the game”, un mantra insalvable, como una plaga bíblica inevitable para la aplastante mayoría. Pero en otras ocasiones, unos pocos encuentran en el asfalto unos aros por los que encauzar su vida. Aunque muchos no consigan mantener, del todo, al Diablo enterrado.

domingo, 30 de mayo de 2010

Liu Xiang: de diamante a polvo de estrella



Por Sebastián Dulbeca (Desde Shangai)

Diez obstáculos y 13.40 segundos después, Liu Xiang, prematuro juguete roto, desdichado yin del atletismo contemporáneo, no tenía oxígeno ni palabras para explicarse ante 1.300 millones (cifra oficial) de chinos. Ahí, en la línea de meta, mientras boqueaba junto a una mancha negra que no era Dayron Robles (¿quién habló de hermandad chino-cubana?), comenzó de verdad la participación del antiguo campeón en la Diamond League Shanghai.

Para sorpresa generalizada, su triste tercer puesto dio para forzar una vuelta al estadio publicitaria, lastimosa y tan cruel que pareció premeditada. El Michael Jordan asiático (Nike 'insistit') tuvo que pasar frente al rótulo que en cada curva del estadio rememora el éxito de Beijing 2008 con afán patriotero. Unos aros olímpicos que para Xiang, hasta ese momento capaz de volar (traducción literal de su apellido), han acabado por convertirse en grilletes.

En una sociedad necesitada de héroes, la imagen del oro de Atenas 2004 abatido en el tartán del Nido de Pájaro sigue funcionando como shock colectivo, como imprevisto frenazo a sus aspiraciones de superpotencia. Decir que el vallista compareció en casa lesionado en el tendón de Aquiles por imperativo del guión no es precisamente inventar la pólvora. Tampoco hacer notar que ha pasado el tiempo de la compasión y el lamento y a Xiang no se le desea la recuperación; se le exige la resurrección. Sobre todo ahora que el otro coloso del deporte local, Yao Ming, anda igual de renqueante.

“Sostener a un país tan grande sobre tus hombros debe ser muy duro”, terció Bolt con alivio antillano en su regreso a China tras la exhibición de los Juegos. La otra perla de Shanghai, diamante reducido a polvo de estrella, fue hábil para entenderlo sin hablar una palabra de inglés. Sabedor de que aquellos instantes eternos de dolor del agosto pequinés podrían abocarle a la jubilación inminente, lleva ya tiempo mostrándose cansino en el hablar, lento en el proceder y resignado en el entrenar (“Otra lesión y me retiro”, ha confesado sin rodeos).

El pasado domingo, Liu Xiang marcó una décima más que Shi Dongpeng y casi dos y seis menos que Xie Wenjun y Jing Yin. Quizá al próximo Gran Salto Adelante ya asista como el espectador que seguro quiso ser hace dos años.

martes, 18 de mayo de 2010

¿La madre de Lebron jode a los Cavaliers?

Por David Burress
Algunos objetarán enseguida que la historia es falsa. Lo es. El rumor empezó a correr en páginas yankees como ésta. Y luego otras, como ésta, o la famosa TMZ, dejaron claro que era un rumor estúpido. Pero no es eso lo importante.

Lo importante es que si yo juego en un equipo y leo que el base de mi equipo se ha tirado a mi madre, en la ciudad se rumorea que se la ha tirado, los periodistas bisbisean que se la ha tirado, los fans creen que se la ha tirado y los hinchas rivales te recuerdan a gritos que se la ha tirado… algo influye en mi rendimiento y en las ganas de partirle la boca a mi compañero. Y eso, sólo en el caso de que no se la haya tirado. Si encima es verdad…

El hijo cornudo de la pseudonoticia es Lebron James. El base mamoncete, un pirado feo con ganas llamado Delonte West. La mamá supuestamente ligerita de cascos, Gloria James. Y el equipo, los decepcionantes Cavaliers, que acaban de tener un nuevo titulus interruptus en los playoffs frente a Boston. Daimiel & co. lo comentaron en la retransmisión y hemos intentado llegar un poco más allá para entender por qué King James no tiene todavía ningún anillo de la NBA. En Cleveland no hablan catalán. Si no, ya habrían patentado lo de Aquest any, tampoc.

Si además tu madre se tira (o se rumorea que se tira, poco importa la minucia) a un tipo serio como Ilgauskas o con cara de abogado de La Ley de Los Ángeles, como Sebastián Telfair, pues pase. Pero Delonte… un tipo con trastorno bipolar, depresión crónica, orejas de soplillo, cara de yonki y con antecedentes, pues la cosa cuesta más digerirla.

El 17 de septiembre de 2009, la Policía le paró, cuando conocía una moto de tres ruedas, por una infracción de tráfico. En un estuche de guitarra (indudable estilo), portaba una Beretta de 9 mm., un 357 Magnum y una Remington 870, sin Stratocaster ni nada. No tenía permiso de armas y podrían caerle 3 años, por mucho que se haya convertido en el jugador de basket preferido por los fans de Charlton Heston. La vista se celebra el 21 de julio.
Sin padre

Muchos en Cleveland están seguros de que Lebron James ha disminuido su rendimiento por el affaire Delonte West. “The chosen one” creció sin padre, Gloria lo tuvo a los 16 años. Lo que no le pudo dar su progenitor, ahí estaba su entrenador del Instituto San Vincent Sant Mary para dárselo. Ahora, tras 25 años de vida, no va a tener a Delonte de padrastro y mandando jugada. No se sabe quién le daba a su madre lo que tampoco podía darle el cabeza de familia imaginario. Y la verdad es que nos importa bien poco. Pero Delonte...

¿Se pronunciará Lebron? ¿Sabremos qué pasó con el tema? Muchas preguntas sin respuesta, pero lo evidente es que el “no tema” no ayuda a que James digiera mejor a los rednecks de Ohio. Quizá Lebron, al decidirse por otro equipo, nos dé alguna pista. Todo apunta a que no seguirá en el equipo de su ciudad. Ni siquiera él ha podido llevar a los Cav's a la consecución del anillo para acabar con una sequía de 49 años sin un título para el estado de Ohio en el deporte estadounidense.

El descontento de King James contrasta con la felicidad de su madre. No sabemos si esto llegará a buen puerto, lo que si sabemos es que tenemos cuerda para rato con Gloria.

Pd: Parece ser que Lebron James llamó a su amigo Derrick Rose, jugador franquicia de los Chicago Bulls, tras perder la eliminatoria contra Boston, para comunicarle que quería fichar por el equipo del estado de Illinois. La pregunta es si su madre se irá con él a Chicago o si se quedará en Cleveland. ¿sola?

jueves, 5 de noviembre de 2009

El triste final del Abramovich del basket


Por Sole Leyva
Su Mercedes S500 se paró el pasado jueves frente a un semáforo de Moscú, muy cerca de la oficina de Vladimir Putin, uno de sus amigos íntimos. Dos pistoleros le esperaban escondidos en un Lada Priora, aparcado en un lateral de la calle. Dispararon hasta 18 veces contra el coche. Diez de las balas impactaron en su cuerpo.

Se acababa así el sueño de Shatbai Von Kalmanovic, 62 años, ex espía de la KGB , multimillonario amante del deporte, considerado por muchos el Abramovich del basket (era dueño y entrenador del Spartak de Moscú femenino). Su muerte, planeada, por encargo, un misterio que tiene difícil solución en un país donde el crimen viaja muchas veces bajo el paraguas del poder político y económico.

"Fue un asesinato planeado", sentenciaba la policía moscovita. Pero, ¿quién está detrás de su muerte? Echando un vistazo a su intenso currículum, el abanico se amplía como las alas de una mariposa. Nacido en la Lituania soviética en 1949, Kalmanovic se trasladó con su familia -judía- a Israel a comienzos de los 70. Fue detenido en 1986. La Justicia israelí le condenó a 10 años de cárcel acusado de espiar para la KGB. Ex agentes del servicio secreto admiten que no era un espía al uso, que pertenecía a una amplia red de agentes secretos, pero que no era un profesional. Como diría Gila, les hacía "chapuzas".

Mientras penaba condena su fortuna aumentaba ceros gracias a sospechosos negocios inmobiliarios en la capital rusa. Tras cumplir sólo siete años de condena -fue ayudado por las presiones de un importante lobby judío de Rusia y además alegó problemas de salud-, Kalmanovic volvió a Moscú, donde rápidamente montó una empresa de eventos. Entre sus méritos, llevar a actuar en Moscú en los 90 a estrellas del calado de Michael Jackson, Lizza Minelli -con la que se le vinculó sentimentalmente- o José Carreras. Para entonces ya era uno de los empresarios rusos más respetados... y forrados.

Sus negocios se diversificaron. Inmobiliarias, representación de famosos, negocios farmacéuticos, empresas deportivas. Amante del basket, a principios de los 90 compró acciones del Zalguiris Kaunas y se convirtió en dueño del Spartak de Moscú famenino, con el que ganó las últimas tres Euroligas. Gracias a él, estrellas de la WNBA, como Sue Bird o Daia Taurasi enseñaban su basket en Moscú durante el verano. Dicen que les pagaba diez veces de lo que cobraban en EEUU. Las baloncestistas eran su talón de Aquiles. Se le relacionó con varias de ellas. Cuentan que cuando alguna de sus jugadoras cumplía años, les dejaba la tarjeta de crédito para que se compraran lo que quisieran. Él pagaba.

Su último negocio, una empresa farmacéutica montada con un conocido jefe mafioso, Vyascheslav Ivankov, al que invitó hace un año a la boda de una de sus hijas -tenía cuatro hijos con tres mujeres distintas-. Ivankov fue tiroteado también el pasado verano. El negocio farmacéutico es un terreno pantanoso en Rusia y los países de su entorno. Mucho dinero en juego. En ese ámbito Kalmanovic no era un zar, como en el baloncesto, en el que invirtió millones de euros de su fortuna aun a cuenta de perder dinero... sólo por el placer de promocionar el deporte que amaba.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Los León y el extraño atentado de ETA


Por Rocheteau
Érase una vez un señor de Mula (Murcia), trabajador del registro y sindicalista, de nombre León. Tuvo dos hijos y eligió sendos nombres compuestos: Pedro León y Juan León. Y Pedro, que a su vez concibió otros cuatro, conservó la tradición: el primero fue León, a secas, y los siguientes Pedro León, Luis León y Antonio León. Cosas de una familia llamada Sánchez.

La anécdota genealógica (mejor o peor contada, ya os la sabéis todos) habría bastado para ornar las gestas deportivas de los León —Luis, 25 años, ciclista y doble ganador en el Tour, y su hermano Pedro, 23 años, ala diestra del Getafe—. Pero no para alumbrar una leyenda. Para eso hacen falta tragedia, épica, destino... y una prensa como la española, tan dada a no confirmar las informaciones.

A Pedro León padre, guardia civil, lo destinaron al País Vasco de los años 80, una sabana de tiros y banderas en la que, vestido de verde y con tricornio, se era a veces cazador y a veces pieza de safari. Sólo habían nacido León y Luis, y la familia echaba los días sin salir en la casa cuartel de Aretxabaleta.

Recuerda la prensa patria (y se cuela hasta Wikipedia), cada vez que Luis cruza el primero la meta, cada vez que Pedro la clava en la escuadra, la historia del padre guardia civil herido en un atentado de ETA en Bilbao. Recuerda la prensa patria que fue un coche bomba y que, obligado a hacer bici para recuperar la movilidad en la pierna izquierda, transmitió a sus hijos un coraje a pedales como el que propulsó a Luis, el pasado Tour de Francia, hacia la victoria en el Col d’Agnès.

Sólo que no se trató de un atentado. Ni de un terrorista de ETA. Y ni siquiera ocurrió en Bilbao. Cosas de las leyendas. «Éramos una patrulla de nueve guardias con un cabo. Nos habían mandado a cubrir el paso de un alto cargo por la autovía Bilbao-Irún a la altura del peaje de Zarauz (Guipúzcoa). Tomamos el paso y yo protegía uno de los carriles. Un coche venía de frente y no deceleraba. Me embistió y pude echarme al suelo, pero me destrozó la pierna», rememora Pedro León.

El peligroso pistolero que atentó contra él era un conductor epiléptico que sufrió un ataque justo al acercarse al peaje y se estrelló cientos de metros después. Lo último que supo Pedro de él es que había sufrido ya 20 operaciones y seguía con mala pinta. León padre sigue sin entender de dónde ha salido la historia de ETA.

—Una última pregunta: ¿por qué usted no lo ha desmentido?
—Porque no me lo preguntó nadie.

martes, 18 de agosto de 2009

La judía que hizo el saludó nazi en el 36

Por Sole Leyva
Helen Mayer era rubia, alta y tenía los ojos verdes. En su especialidad, la esgrima, era una de las mejores del mundo. Alemana de nacimiento, era el paradigma de la raza aria que Adolf Hitler quería que dominara el mundo. Un pibón de la época -sus largas trenzas rubias rompían corazones- que además era un crack cuando se enfundaba la careta.

Con 17 años consiguió la medalla de oro en los Juegos de Ámsterdam de 1928. En Alemania las muñecas con su cara se vendían como churros. Sólo tenía un gran fallo para el Führer, un fallo que resultó letal para seis millones de personas. Mayer era judía.

Tuvo suerte. Si aquel verano de 1933, cuando Hitler se alzó con el poder votado por el pueblo, no se hubiera ido de intercambio a una escuela de esgrima de California, probablemente hubiera acabado en un campo de concentración, con su maleta, sus zapatos y su florete arrinconados en algún cuartucho de aquellos malditos campos de la muerte.

Poco después de que el Führer ganara las elecciones, se descubrió que el padre de Mayer era judío. Mayer quedó exiliada en EEUU. Se le retiró la nacionalidad alemana. No fue la única.
La Asociación de Box Alemana expulsó al campeón aficionado Erich Seelig por su condición de judío. Otro atleta judío, Daniel Prenn -el tenista alemán mejor clasificado- fue expulsado del equipo de la Copa Davis de Alemania. Gretel Bergmann, una campeona de salto, fue expulsada de su club alemán el mismo dramático año de 1933.

Hitler no los quería ver ni en pintura, pero la presión internacional, principalmente de los yankis, británicos y suecos hizo que el asesino de bigote plegara alas y prometiera que incluiría en la delegación alemana a 21 deportistas de origen judío. Todo estaba planeado para convertir los Juegos del 36 en Berlín en una plataforma publicitaria a nivel mundial y no iba a permitir que nada lo impidiera.

Donde dijo digo dijo Diego. 21 fueron los que prometió y finalmente sólo se incluyó a Mayer. La rubia judía consiguió la medalla de plata para Alemania, protagonizando junto a la lección del negro Jesse Owens una de esas grandes historias que jalonan el periplo olímpico. Y es que durante la ceremonia de entrega de medallas, para sorpresa de muchos, Mayer hizo el saludo nazi mientras gritaba 'Heil Hitler'.

Se especuló en la prensa internacional con que se vio obligada a hacer el gesto -toda la delegación alemana lo debía hacer- porque dos de sus hermanos vivían todavía en Alemania y temía represalias. La prensa oficialista apuntaba que Mayer realmente no se sentía judía. Nadie nunca supo que pasó exactamente por su cabeza, pero a Hitler le vino de perlas. Era un vértice más de su maquiavélico plan para mostrar una Alemania tolerante y pacífica. Si una judía saludaba el Führer, de que tenéis que preocuparos.

Alemania acaparó la mayoría de las medallas y su capacidad organizativa y los resultados de su campaña propagandística de un régimen moderado calaron a muchos. El New York Times llegó a señalar que las Juegos habían devuelto a Alemania a "la comunidad mundial" y le habían restituido su "humanidad". Qué rata astuta el pérfido Hitler.

Una vez finalizados los Juegos, Mayer regresó a los Estados Unidos y, en 1937, consiguió el oro en Campeonato Mundial de París. Moriría 15 años después en EEUU. La esgrimista que le arrebató el oro se llamaba Ilona Scharerer Elek, y competía bajo la bandera de Hungría, que luego se alió a Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Elek también era judía.